jueves, 15 de septiembre de 2016

Entre fantasmas. Rutas por la Isla de Tenerife. El Teide de noche.


(*) NOTA: Por respeto a los familiares, se han omitido nombres y otros datos precisos de fallecidos, especialmente en casos de asesinatos, desapariciones y suicidios.



Para que surta efecto, esta ruta debe de hacerse en coche, en completa soledad y después de que se oculte el sol. Tenga presente en todo momento que su objetivo en este recorrido es encontrar la paz.



Desde el área metropolitana, diríjase a la rotonda del Padre Anchieta, para luego subir por la carretera de La Esperanza. Al llegar a la zona de los primeros pinos, usted percibirá la presencia de dos seres incorpóreos en los asientos traseros de su vehículo. Se trata de dos asesinados, uno  hace varias décadas y otro hace un par de años, cuyos crímenes aún hoy están sin resolver. No se asuste. Ellos no se meterán con usted. La mayor ventaja de estos dos espectros es que no molestan, no hablan ni siquiera entre ellos; no gimen, no lloran, no gritan, no hacen desesperados aspavientos por fuera de las ventanillas. Simplemente se sientan allí, uno junto al otro, con las manos vaporosas sobre las rodillas, y miran hacia adelante.

Hasta el monte de Las Raíces no habrá mayor novedad. Allí, justo al pasar la curva del restaurante, se le subirán al coche otros cuatro fantasmas, tres de los cuales pertenecen a personas que se ahorcaron en diferentes fechas hace años desde la misma rama del mismo pino, y el otro a un cazador que se descerrajó un tiro en la frente con su Kemen paralela, acosado por sus miedos en el oscuro  bosque. El cazador gime, llora y se lamenta de vez en cuando nombrando a alguno de sus podencos. Los  tres ahorcados no hablan, aunque uno de ellos se pone a mirar permanentemente a los asesinados, que se revuelven con incomodidad creciente en su asiento. El otro mira hacia atrás. El otro clavará su mirada en usted y nunca dejará de hacerlo.

Pase por el mirador de Montaña Grande: si quiere párese y bájese del coche a mirar. Si no quiere, no. Pero haga lo que haga, cuente con que a partir de ese punto llevará también a los fantasmas de dos niños y una niña desaparecidos en distintos momentos de los años 50 en el sur de la isla, que por alguna razón habitan bajo el cartel explicativo del mirador. Los niños no se conocían en vida, y parecen no hacerlo tampoco ahora, pues nunca dan muestras de saber que están con los otros dos, aunque siempre están juntos. El niño más pequeño no para de llorar con un llanto angustioso e inconsolable. Los otros miran al suelo en silencio.


De camino al mirador de Ortuño, entre el p.k. 12 y el 14 es normal encontrarse con bandadas de murciélagos que están a punto de estrellarse contra su parabrisas. No se inquiete ni maniobre para evitarlos; como verá, tienen los reflejos y rapidez suficiente como para apartarse justo antes del impacto. Aún así, esto tiene sus consecuencias entre los fantasmas: el niño más grande grita durante 42 segundos; y uno de los fantasmas de los asesinados se pone en pie exactamente durante ese mismo tiempo.

En la curva anterior al mirador se le subirá un anciano atropellado por un tractor John Deere de segunda mano en 1963. En vida fue recolector de pinocha. Es muy hablador y tiene la habilidad de alborotar a todos los fantasmas, buscándoles la lengua, invitándolos a un trago de vino y una carne cabra, invitación que invariablemente todos declinan con asco y desprecio. A partir de ese momento la niña se tapará los oídos, recitará de forma cíclica la tabla del 7 y ya no parará. Los asesinados siguen en silencio, aunque notablemente más nerviosos. En el mirador apártese de la carretera, apague las luces y bájese del coche. Tenga la precaución de dejar las ventanillas bien cerradas, pues de otra manera el escándalo que arma el anciano y los otros cada vez menos silenciosos  fantasmas,  le impedirá escuchar los sonidos de la noche: el transitar del viento meciendo de forma siniestra las copas de los árboles, el desgarro de los grillos, el arrastrado quejido de las cigarras. Respire. Huela. Escuche. Manténgase con vida. A su izquierda observe la silueta del Teide emergiendo del mar de oscuridad. Ignore a las no menos de seis ánimas implorantes que le rodearán en todo momento, pero que no subirán al coche. Retome el camino.

¿Hay alguien ahí?; pero, ¿HAY ALGUIEN AHÍ?


Unos kilómetros más arriba pasará por la montaña de El Diablillo. Allí se incorporarán los 146 fallecidos del vuelo 1008. Todos en la parte de atrás, con el resto de  fantasmas. Por alguna razón, los aparecidos siempre dejan libre el asiento delantero derecho. Ahora el ruido es casi insoportable. Tenga paciencia: no permita que los espectros le rompan su noche de paz. Parte de los pasajeros del avión discuten sobre si la culpa fue del piloto o de la torre de control; un matrimonio se pelea por nimiedades; dos amantes recuerdan en ese momento que son amantes. Otros hablan de cosas incomprensibles. La mayoría, llora. El viejo atropellado insiste en invitar a los recién llegados a vino y carne. La niña recita la tabla del 7. El niño llora. Los dos asesinados tiemblan en silencio, de terror puro, mientras un ahorcado los sigue mirando. El cazador llama a su podenco. El ahorcado que no para de mirarlo se acerca a usted por detrás y le susurra junto a su oído derecho un pestilente "PRONTO TE SENTARÁS AQUÍ DETRÁS". Usted cree que se va a volver loco. No pierda la calma y continúe conduciendo. Puede poner toda la música que quiera: por encima de ella, siempre oirá a sus fantasmas.

En el último semipuente antes de llegar al desvío del Observatorio de Izaña,  no podrá evitar atropellar a un conejo que saldrá de improviso del muro protector, en un intento baldío de cruzar la carretera. Usted notará el golpe seco bajo la rueda delantera derecha, y luego sobre la trasera, como si hubiera pasado por encima de un mullido cojín relleno con una sandía pequeña. Los fantasmas callan tres segundos, pero luego siguen con su algarabía;  usted dará un poco marcha atrás, intentando, ahora sí, esquivar la carne sobre el asfalto. Se bajará del coche para ver los restos, aquellos intestinos de estúpido lagomorfo desparramados por el suelo, intentando culparle a usted del desastre y usted diciendo: la culpa fue tuya, imbécil, por cruzar por delante de los faros. Continúe su camino sin dar mayor importancia, pero sepa que a partir de ese momento cargará para siempre con un fantasma más, el del conejo destrozado.

Desde ahí hasta la base del Teide le quedan todavía varias almas que recoger: un par de montañeros suizos borrachos, otro cazador (este despeñado por accidente cuando perseguía a un muflón en 1974), una mujer despechada que volcó a propósito el todoterreno de su exmarido en la curva de Montaña Mostaza y, al menos, cinco excursionistas desaparecidos en Montaña Blanca en la tormenta de febrero de 1867. Aparque en uno de los apartaderos cercanos a la vía de subida al teleférico. El ruido, los gritos, los llantos dentro del coche, los ahora sí, fantasmas de los asesinados haciendo desesperados aspavientos por fuera de las ventanillas, el olor a sangre caliente de conejo, casi pueden con usted. Bájese del coche y vuelva a cerrar las ventanillas (con cuidado). A pesar de todo, comprobará que durante el camino ha recolectado mucha paz.



Dará un pequeño paseo. Sin proponérselo, su aspecto merodeador espantará a una parejita que exhalaba sus risas y sus vahos en un utilitario aparcado no lejos del suyo. A los diez minutos o así, usted se subirá a su vehículo y emprenderá el camino de vuelta a casa.

Descendiendo por la carretera de montaña, sin ninguna razón, un nuevo e imprevisto fantasma le acompañará, haciéndose visible gradualmente; no detrás con los otros, sino  a su lado, ocupando el lugar reservado del asiento derecho, como si fuera un trono.

Es el fantasma de una mujer. Allí puesta, le acompañará el camino de vuelta, mandando a callar a los de atrás, apaciguándolos, dominándolos con su mirada. Usted no le habla, ella a usted tampoco. Simplemente está allí, mirándolo en silencio, con una plácida sonrisa, entregada a la dura tarea de conciliar para usted sus fantasmas.

A medida que baja por la carretera, los fantasmas callan, se relajan y se van apeando del coche, quedándose en sus respectivos lugares. La mujer esperará a que bajen los dos últimos, los asesinados,  y con ellos se irá, antes del límite del monte. Allí permanecerá, habitando el profundo bosque, esperando a que usted la vuelva a recoger en su próximo paseo solitario. Pero antes, ya sabe, tendrá que recoger por orden a todos los demás, atropellar a un conejo...

Y así será para siempre, para el resto de su vida, cada vez que circule de noche por esa carretera.

Hasta que le llegue el momento de hacer la ruta en el asiento de atrás.




viernes, 9 de septiembre de 2016

De la influencia de la conversión cristiana en la conquista de la isla de Tenerife


Cuando hace varios eones los conquistadores españoles atacaron la isla de Tenerife, jamás imaginaron que podían encontrar tan aguerrida resistencia entre sus moradores. Se trataba de una larva de civilización en extremo atrasada, más incluso que la caterva de sucios piojosos  que por entonces poblaba media Europa; si bien se presume que los isleños eran algo más limpios, pues pronto se descubrió que se valían de la prolífica fauna reptil de la isla para fabricar un efectivo jabón.

Niño guanche justo antes del baño

Los españoles habían intentado doblegar las fuerzas de los aborígenes en varias ocasiones a lo largo de las últimos años, pero una tras otra caían víctima de las ingeniosas estratagemas de los locales, así como de su mejor conocimiento del terreno, del secreto de la carne bien guisada de cabra y del lanzamiento de pelotas de gofio endurecido para hacer caer los caballos del contrincante.

Desesperados, los atacantes dieron al fin con un método que acabaría para siempre con la resistencia indígena: la religión. Utilizaron en fase beta un procedimiento que, desarrollado y mejorado, años después les traería jugosos resultados en la conquista y asfaltado de Hispanoamérica. Fue al adelantado Rodrigo Borja Gonzalo de Guzmán y Josemari, al que se le ocurrió la idea de recurrir a la urdimbre del milagro, para desplazar a los dioses menores a los que estaban entregados los locales, en favor de un dios único (aunque trinitario), que aunaría en su personalidad trifásica todas las cualidades y venturas desperdigadas por la tradición local en cientos de diosecitos equivocados y de poca monta.

Para ello, esculpieron en el bulbo deforme de una rama enferma de pino, la cara de una muchacha, le pegaron por arriba unos pelos de cuartos traseros de cabra y, a modo de traje, le rodearon los cuatro palos que sostenían la rudimentaria cabeza con tela de las mangas del jubón del hermano menor de Fray Arsénico, a quien por cierto  gustó tanto el nuevo diseño de su prenda que desde entonces se dedicó al ballet clásico, abandonando su dizque prometedora carrera militar, para disgusto de su hermano y para alivio de sus compañeros de armas.

Imagen de una deidad neoyorquina y sus objetos de culto


Por la noche, abandonaron la figura en una playa de la costa sureste, no sin antes poner a su lado varias candelas de la marca Zippo (ya saben: si hay gasolina, ni el viento más feroz las apaga). Los aspirantes a conquistadores sabían que aquella era una zona de paso de los guanches que regresaban a sus cuevas después del pastoreo, o bien después de pasarse toda la tarde dormitando a la sombra de los perales del barranco de Chinguaro.

Apostados a los lados del camino, los soldados no tuvieron mucho que esperar, pues al poco apareció el guanche Tiramisú y sus cuatro hermanos menores (Tirma, Hiperdinos, Loscompadres y Coplaco). Paralizados, Tiramisú y sus hermanos no supieron muy bien qué hacer, y cuando finalmente decidieron que la maravillosa pieza era comestible, abalanzáronse sobre la imagen para culminar su gastronómico propósito. 

Alertados por la inesperada reacción de los aborígenes, los soldados, con Rodrigo Borja y Fray Arsénico al frente, abandonaron su refugio y al grito de ¡la virgen! interpusiéronse entre la imagen y los guanches, ofreciendo a éstos varias botellas de licor de alta graduación, que ingirieron con curiosa (y al final risueña) satisfacción. Ya casi acabadas las botellas, no les fue difícil a los españoles convencer a los guanches de que aquella imagen, primero, no era comestible; y segundo, tratábase no de un muñeco cualquiera, sino de la viva imagen de la deidad verdadera que a partir de entonces desplazaba  y aunaba a todas sus erróneas creencias, que por gracia divina adquirían en ese mismo momento la categoría de "tontería intragable", y que en cambio debían ellos y toda su raza entregarse en cuerpo y alma  a la nueva religión.

Muy hábilmente, los españoles difundieron este episodio, no sin ciertos adornos, como "el milagro de la conversión", molieron a palos a los guanches y a los que no pudieron convencer o vender como esclavos en Sevilla, los cortaron en trozos y los lanzaron  al fondo húmedo y oscuro del barranco. Algunos de estos trozos lograron sobrevivir mutando en perros que, para protegerse, adquirieron la forma de una frondosa planta conocida  por el nombre de ñamera, cuyos testículos tuberculosos son aún hoy muy apreciados en la cocina local.

Es de destacar que, si bien este incidente influyó de manera notable en la aceleración de la conquista, todavía habrían de pasar varias décadas hasta completar todo el proceso, ya que muchos guanches, sobre todo habitantes de zonas remotas de la isla a donde costaba transportar las grandes tinajas de licor, siguieron mostrando resistencia.

Con el tiempo, acabaron entrando en razón.





martes, 6 de septiembre de 2016

El último día de mi vida

Ayer fue el último día de mi vida. Sonó el despertador, como siempre, a las 6 y cuarto de la mañana. Retozaba un poco en la cama, con esa lucha diaria de me-levanto-ya-o-dejo- pasar-otros-cinco-minutos-total-lo-mismo-da, cuando sentí un dolor en el muslo. Fue en el muslo izquierdo, en la cara interna, un poco por debajo de la ingle. No fue superficial: algo por dentro se había quebrado. Jamás había sentido un dolor como ese. No era muscular, no era un tendón. Fue un dolor agudo, explosivo, como si algo hubiera estallado en el centro del muslo. Una especie de PIUFFF.

Ya está. El aneurisma, pensé. No en vano mi padre había no muerto hace unos años por un aneurisma. Mi abuelo murió por un aneurisma. Mi bisabuelo murió por un aneurisma. Mi tatarabuelo ni zorra idea de lo que murió. Se acabó, me quedan como máximo dos minutos de vida. Lo que tarde en vaciarme.

En esos dos minutos pensé qué es lo que podía hacer. Lo primero fue echarme mano al muslo, presionando la zona. Seguramente sería  inútil, pues el daño ya estaba hecho, pero se me ocurrió que quizás así podría contener o ralentizar la hemorragia interna.

Luego moví los dedos del pie, calibrando si notaba entumecimiento, líquido, hinchazón o diferencias de temperatura. Nada. 

Me sentí un poco mareado: está claro,  me estoy desangrando como un cerdo; al menos será una muerte plácida, como seguir durmiendo.

Pasaron otros dos minutos y no acababa de morirme. Se me cansó el brazo y retiré la mano del muslo con un a-la-mierda que retumbó en mi cerebro.

Entonces empecé a dudar si el mareo sería mareo o sería simplemente sueño. Pensé en llamar al 1-1-2, pero claro, eso implicaría moverme, y el movimiento aceleraría el desangrado. También pensé que si vienen, los sanitarios tendrían que tumbar la puerta de la casa para poder entrar (y eso no está en su convenio), porque ni de coñas me iba a mover yo, exangüe como estaba, para poder abrirles, eso en el caso de que todavía siguiera consciente en esos cinco minutos -que nunca son menos de veinte- que tarda la ambulancia en llegar "porque estamos en el centro".

Pasó el tiempo y seguía sin morirme. En vez de túneles con luces al fondo, en vez de familiares muertos que me llamaban, en vez de películas de toda la absurdidad de mi vida pasando por delante, lo que pensé fue que por mucho que me quejara de las mierdas de la vida, por mucha bota que intentes echarme al cuello, por mucho que te esfuerces en hacérmela imposible, la verdad es que no quería morirme. También pensé joder, tendría que haberme fundido ese dinero que guardaba para la jubilación.

Diez, quince minutos más. Aburrido de no morirme, decidí levantarme. Me incorporé despacio, convencido del desplome posterior que no llegó a ocurrir. Encendí la luz, me puse de pie y permanecí así un rato, palpándome la pierna, fijándome en si había cambiado de color o estaba tumefacta. Superé las pruebas con éxito.

Total que dado que no moría aún, no me quedó más remedio que  prepararme para ir a trabajar. Pensé que a lo mejor el aneurisma no  había llegado a romperse, o al menos no del todo, y que la hemorragia era un fino hilito de sangre cuyos efectos tardaría unas horas en percibir.

Arranqué el viejo Volvo y me fui, dispuesto a afrontar la emoción de mi última anodina jornada de trabajo. En la oficina me aburrí, como siempre, y seguí vivo, como siempre.

Tenía previsto morirme, así que no había planeado nada para por la tarde. Total que comí cualquier porquería,  me fui a la playa y nadé. Pensé: si hay que acabar, acabemos de una puta vez. Estaba claro que los movimientos propios de la natación terminarían por abrir el hueco.

Sentí que me volaban los brazos, sin fuerza, como plumas rendidas. Pensé, ya está, por fin se confirma todo. Dejé de nadar y me entregué a merced de la marea, flotando, lleno de paz, contemplando un cielo que tampoco es que me ofreciera gran cosa. Era sólo eso: un trozo de aire azul, inerte y silencioso.

Cuando me dio frío salí del agua, me duché, me sequé y volví a casa, ya casi de noche, convencido de que había sido el último baño de mi vida.

Comí un yogur y me acosté, sereno, conciliados mis fantasmas, despedido para siempre de la vida, de las cosas buenas y de las cosas malas. Ya asomado al borde de los sueños pensé: "¡Coño!, ¡he tenido todo el día para ir a Urgencias!".

Sonó el despertador, como siempre, a las 6 y cuarto de la mañana.