martes 10 de noviembre de 2009

La hacienda del tormento



De pronto estaba con aquel niño, cogido de la mano, en una hacienda enorme. Estaba formada por varias edificaciones de una o dos plantas. Era una como finca, también con granjas y molino de gofio. El edificio más grande era el que albergaba el molino. Era de gruesos y toscos muros; estaba construido en profundidad, de manera que desde fuera parecía que tenía una sola planta, pero si te asomabas a las ventanas, que eran grandes y no tenían cristales, mirabas hacia abajo y era un enorme como pozo rectangular, oscuro, amedrentador. En uno de los laterales estaban, engranadas en un eje de madera, las piedras de moler el grano, grises, volcánicas, pétreas ruedas gigantescas. En el fondo, allá abajo a lo lejos, se adivinaba el oscuro brillor de lodos o miasmas. Un edificio muy tétrico.




En otra parte del edificio había un baño de loza antigua y blanca, azulejos engrisados por el tiempo; me recordaba, aunque más grande, a los baños del manicomio. Había mucho campo, mucho espacio para caminar; pequeñas fuentes secas y quebradas aquí y allá, recuerdos grotescos de un pasado esplendoroso. No sé qué hacíamos aquel niño y yo allí, no lo sé. No había más humanos... vivos. Aquello había sido abandonado. A medida que avanzaba el tiempo todo se volvía más tenebroso. Malas hierbas crecían por doquier; donde antaño hubo frondosas cosechas, hoy había pajizales.




Los animales de la granja estaban agonizando de pura inanición. Había gallinas, muchas gallinas, blancas, grandes, pero tristes, con el anuncio de la muerte instalado en sus ojos; con el rictus de la fatalidad grabado en sus picos. Muchas ya habían perecido, sin conocer otro mundo que la cuadrícula de sus jaulas. Otras nos miraban, apostadas sobre los cadáveres de sus compañeras. No había súplica en sus ojos, no petición de auxilio; sólo un sordo lamento, sólo el reconocimiento de la derrota; sólo el reflejo de su estúpida naturaleza de ave frustrada. También había conejos, en las mismas circunstancias. Y dos crías de cerdo. Pequeñas, pero largas. Los cerdos, como más inteligentes, sí imploraban rescate en sus pupilas. Nos seguían con la mirada, como diciendo, anda, suéltanos, no te molestaremos, sabemos hacerlo, sabremos sobrevivir si nos sueltas, no somos como estas idiotas de blanco plumaje. Ignoré a los cerdos, no sé, me hacían sentir incómodo. Probablemente en mis manos estuviera la llave de sus vidas: si los soltaba, tendrían alguna oportunidad, si no, en apenas unas horas morirían, en medio de un grande sufrimiento. Pensé, si los suelto tendré que soltar también a las gallinas, a los conejos y... además, no hay mucha comida por aquí, todo está seco. Morirán igual.




Entonces empezaron los quejidos, los lamentos: voces humanas envueltas en gélidos ecos, insondables padeceres. El niño no me soltaba la mano. Yo podía sentir su miedo: era un miedo compartido, ambos sentíamos nuestro propio miedo, pero también el del otro. Nos acercamos a la ventana del molino: la piedra superior giraba... pero no molían grano, molían cuerpos humanos. Algunas extremidades pendían absurdamente de las piedras molineras hacia el oscuro vacío, recorridas por regueros de sangre que goteaba ociosa hacia la nada. Troncos y cabezas humanas eran trituradas y reducidas al tamaño de granos de trigo en medio de las piedras, en medio de alaridos. Corrimos hacia el baño, pero no había a dónde huir: más seres humanos tortudados proferían sus lamentos, jamás he oído a nadie sufrir tanto, muslos blancos y alargados, figuras estiradas como salidas de un cuadro de El Greco, se apostaban en cualquier lugar del baño, en los techos, en las esquinas, en los lavabos. Salimos corriendo hacia otro edificio: habían muerto más gallinas, los muertos continuaban gritándonos en la cabeza: era la hacienda del tormento. Los cerdos seguían suplicando libertad, libertad. No sé qué hacía allí. No sé qué hacíamos en aquel cementerio de almas perdidas.


Pero sí supe quien era aquel niño que no me soltaba la mano: era mi infancia, que había venido a rescatarme.

miércoles 28 de octubre de 2009

El maravilloso mundo sin olores del Señor Mantel




De pronto, el Señor Mantel descubrió que los olores de las cosas habían desaparecido. Como quien hace tchás, sus calcetines sudados a la vuelta del trabajo dejaban pasar el aire, pero no exhalaban aroma alguno. El olor del periné, que a horas de los calurosos mediodías de otoño se traspasaba amablemente a la parte baja de los calzoncillos, no existía. Los infames meados del gato del [estúpido] vecino, ya no emanaban vapores. O mejor dicho, los seguían emanando, pero resultaban neutros a las pituitarias del Señor Mantel.



De los olores que le gustaban. Antes, cuando podía, al Señor Mantel le gustaban ciertos aromas. Por ejemplo, le gustaba acariciar el olor de una vulva limpia y deseosa tumbada sobre la cama; le gustaba el olor humeante de un buen pulpo guisado; le gustaba el olor del pescado fresco, del vino bueno y del pan recién hecho mojado en cocacola. Le gustaba el olor de las olas, de las rocas en la costa, de los libros nuevos abiertos por el centro, el olor de un plátano en su punto; del aliento en medio del amor; le gustaba el olor de la pintura de interiores, del aceite para motores, de la gasolina, de los aparatos de electrónica nuevos, de lencería en un cajón. Le gustaba el olor de algunas pieles y de algunos pelos, sobre todo de mujer; de las retamas en primavera, de la nieve, ¡ si la nieve no huele, idiota !, pero igual le gustaba. Le encantaba el olor a la tierra húmeda del monte, escarbaba y la olía, sí. Le gustaba el olor de la salsa del [pobre] cordero cuando lo preparaba al horno, el olor de una farmacia; el olor de su gata cuando sudaba. Le gustaba el olor de los neumáticos nuevos, el de la tinta de los bolígrafos BIC. Y no le parecía mal del todo, cuando podía, el olor a mierda de vaca.


De los olores que no le gustaban. Pero no le gustaba el olor de los gusanos; ni el de los cigarros ni el de las personas que los usan; ni le gustaba el aliento de oficina, detestaba el olor a perro muerto, a colonias y perfumes de frasco; no le gustaba oler sudores ajenos, aunque no tenía reparos con el propio. Le repugnaba el olor a interior de coche sucio; el olor a cadáver de historias pasadas, el olor a fritangada, a vómito, a iglesia, a vieja; El olor a clavo. No le gustaba la pestilencia de las calles, ni de los supermercados, ni el olor a flor de cementerio. Procuraba no respirar en los taxis: no, no le gustaba eso. Ni le gustaba cruzarse con el olor de otras personas que pasaban por delante: para eso aguantaba la respiración hasta que pasara la ráfaga, es cierto. No le gustaba el olor de la carne cruda, ni el de la putrefacción, ni el del humo, ni el olor de las cosas perdidas, ni el de los ascensores cuando acaba de salir [o de entrar] alguien porque tiene que respirar aire ya respirado, ni el de las antiguas cabinas telefónicas.



Al principio de perder el olfato el Señor Mantel se sintió por tercios triste, perdido y preocupado.


Pero ahora no, ya se ha acostumbrado al maravilloso mundo sin olores, y todos son ventajas, sí.

Esto de respirar despojado de la laboriosidad de juzgar al mundo por sus fragancias, te hace libre.


¡ Viva !; ¡ Viva el maravilloso mundo sin olores del Señor Mantel !.


jueves 22 de octubre de 2009

¿Y qué te estás tomando?

Lo que más me jode no es llevar ya quince días con este catarro horrible. No el estar sordo e incapacitado por la congestión. Lo que más me jode son los comentarios de la gente.
Está la típica graciosa que cuando te ve con los lagrimones y con el batallón de clínes te sonríe, apartándose estratégicamente, y te dice "no tendrás la gripe A, ¿NO?, ja, ja"; lo dice como si fuera una broma, pero en el fondo a la zorra le importa una mierda que tú te mueras, lo único que quiere es asegurarse de que no se la vas a pegar. Y eso es razonable. Lo que no es razonable es que te lo pregunten siempre con esa cara de gilipollas, y tú piensas por un momento en responderle "no, no es la gripe A, es la gripe P, de tu muy Puta madre". Pero claro, eso no se lo dices, porque eres educadito. Entonces hilvanas una especie de conversación absurda en la que te ves obligado a justificar que no, que no es gripe porque no tienes fiebre, que es un simple -y puto, y largo- catarro y blablabla.
Entonces viene la segunda pregunta, invariablemente, siempre la misma: "¿Y qué te estás tomando?". Claro. Ahora que gracias al internet, o a que mi vecina también tuvo ese catarro y casi se muere, todos somos médicos, cualquier capullo es capaz de recetarte el mejor fármaco.
Una cosa es segura: cualquier respuesta que des a esa segunda pregunta, cualquiera, va a ser errónea. Si dices Aspirina te dirán "qué va, qué va, no seas tonto, la aspirina no te hace nada, tú toma Couldina y ya verás". Si dices Couldina te dirán "qué va, qué va, no seas bobo, toma paracetamol, tú mándate un par de termalgines cada cuatro horas y verás". Si dices Termalgin te dirán "qué va, qué va, no seas mariquita, eso no te hace nada, tú toma Efferalgan, que te deja mamado pero te cura en dos patadas". Y así podemos ir escalando por todo el puto Vademecum hasta llegar a medicinas que nada tienen que ver con el catarro, pero que hacen sentir al que las nombra como el rey de los batasblanca, degradándote a ti, que eres el que está jodido con el catarro, a la categoría de babosa ignorante que se arrastra por el subsuelo de los mocos.

De verdad, estoy harto, les digo.
Y de muy mala leche.

martes 15 de septiembre de 2009

Dieta blanca




Ayer tuvo lugar el desvirgamiento de mi boca: por primera vez en mi vida fui al odontólogo. La verdad es que pedí la cita sin ningún objetivo concreto y casi por curiosidad, porque no tenía nada que decirle al dentista. En diez minutos la consulta estaba finiquitada. El tipo era cubano, así que mientras me metía entre los dientes un como espejito redondo, yo no hacía más que preguntarme si el cabrón tendría de verdad algún título que acreditara la formación en su especialidad o si, de tenerlo, lo habría comprado en el Mercado de Abastos de La Habana. Esa pregunta me la hice en serio, luego me respondí que sí, que supongo que sería odontólogo de verdad, porque aunque él fuera cubano, la clínica dentista era canaria 100% y con una dilatada re-puta-ción y no se iban a arriesgar a contratar a un tipo que por el día se disfrazara de dentista y por las noches bebiera ron y se fuera por los parques a tocar las claves. El tipo se quedó sorprendido y, de hecho, creo que un güevo se le cayó al suelo y rebotó para caer luego con un apagado tintineo en la bandejita donde depositan las piezas extraídas, cuando le dije sin rubor y con total sinceridad que era la primera vez en mi vida que iba al dentista. Al final de la consulta me confesó que cuando le dije eso pensó: "mielda, ya voy a perdel toa la tarde con este pendejo". Pero que cuando me revisó la boca se quedó maravillado por el perfecto estado de la misma. Le pregunté por mis paletas, a las que él se empeñaba en llamar pomposamente "incisivos centrales superiores". El caso es que se me están volviendo transparentes y yo pensaba que alomejor se estaban desintegrando o disolviendo o yo qué sé. Pero didácticamente me explicó que el esmalte es en realidad transparente y que todo estaba bien. Me las estuvo rozando con un como palitroque metálico afilado, ris-ras-ris-ras y yo pensando, joputa, me los vas a gastar los putos dientes, pero no. Al final el tipo vio que a pesar de la fricción no se me gastaban. También le pregunté por lo amarillo que se van volviendo los dientes, y me dijo que me joda, por viejo asqueroso, que eso forma parte de la decrepitud general a la que está sometido mi cuerpo por lo pureta que me estoy volviendo: "mi hermano, mírate al espejo, ¿qué coño vas a esperar, compadre?", me dijo. Que los dientes estaban sanos y limpitos y lisos y brillantes del cagarse y que con la edad la dentina, que es como una crema pastelera que llevamos dentro de los dientes, se vuelve amarilla y que ese amarillor se transparenta hacia el exterior de la pieza. Que si quería, simplemente por estética, había un proceso de blanqueamiento con una como lámpara y una fundita con un producto que tenía que llevar durante una semana o así y "llevar una dieta blanca" durante ese tiempo; que el proceso costaba 300 euros. Y yo, ja, vale, tío, me lo pensaré y tal. Me recomendó que me hiciera una radiografía panorámica de las mandíbulas "para descartar". Y yo pensé, "jodó para descartar el qué, ¿no me habías dicho que no tenía nada malo?", y entonces volví a dudar de si el cabrón tendría o no el título, y que si en verdad sería fontanero o electricista. En cualquier caso, aunque al principio pensé que no iba a tirar dinero en eso, finalmente creo que sí me haré la radiografía, por lo menos para que me identifiquen por los dientes en caso de muerte aparatosa. En general me sorprendió la pulcritud, tanto del cubano como de la consulta. Todo limpito y profiláctico, un sillón que se va para atrás con un motorcito que te marea un poco al principio y que te dan como ganas de dormirte o de hacerte una paja. No sufrí en absoluto y, salvo por el dilema finalmente no resuelto de si el menda tendría o no título profesional, estuve todo el rato tranquilo y relajado, entregado más a la curiosidad de un paciente ignorante, que a la aprensión de un enfermo declarado. No entiendo porqué la gente se pone tan nerviosa cuando va al dentista, ni porqué cuenta siempre esas experiencias tan negativas de terroríficos taladros trepanándole las mandíbulas.


jueves 27 de agosto de 2009

Gripe A


Este es un tema muy serio y no me gusta hablar de él. Sin embargo, como pasa con casi todo, en el internet se han difundido multitud de bulos en cuanto a las medidas a tomar para no coger la gripe del puerco, o para que si la coges no la palmes. Bah, todo ese rollo. (Además, estoy preparando la lista de libros para que si alguien los quiere que se los lleve, o si no tirarlos a la basura: mientras, tengo que colgar alguna tontería por aquí).

Para aclarar toda esta mierda, y con la utilidad de servicio público que ha caracterizado siempre a este blog, aquí largo las siguientes medidas, que deberán ser tenidas en cuenta si quieres escapar vivo y con cierta dignidad.

Lávese las manos.

¿Es que antes no se las lavaba?, vaya jediondo que está hecho usted.


No lleve mascarilla después de haberse contagiado.

En efecto, la única medida útil de la mascarilla es que tú no te contagies de la gripe: si ya tú la has cogido, que se contagien los demás es algo que te importa verdaderamente una mierda. Y quien diga lo contrario, miente como un cura. Ir por la calle con una mascarilla es de panolis y te hace sentir como un bicho raro, a no ser que seas japonés, que ya son raros de nacimiento.


Beba mucho líquido.


En especial cerveza, preferiblemente de marcas conocidas y de una graduación entre 5,5 y 7. Eso no matará al virus, pero más vale que te contamine un virus beodo y alegre que uno sobrio y cabreado. El agua y los zumos no están recomendados, porque hacen que te vuelvas gilipollas y que tu sudor huela a cebolla.


No se desinfecte las manos con alcohol.


Se ha sobreestimado la utilidad de desinfectarse las partes externas del cuerpo con alcohol. El virus ataca por dentro, te jode los pulmones y todo eso. Por lo tanto, lo lógico es combatir el virus adentro, no afuera. El alcohol debe ingerirse para matar al bicho dentro, y no debe desperdiciarse aplicándolo en partes externas como manos, pies, cara, o genitales.


Folle todo lo que pueda


El contacto físico a nivel de darse la mano o estamparse un par de besos para saludarse es una costumbre asquerosa, maloliente, calientabraguetas y maleducada, de la que debe huirse incluso cuando no hay amenazas de pandemia. Sin embargo, copular es un acto que debe realizarse con la mayor frecuencia posible. Si usted deja de follar por miedo a contagiarse, no sólo estará haciendo el imbécil, sino que no evitará contagiarse de la gripe y, en el previsible caso de que se muera, morirá más desgraciado y con un polvo menos que si hubiera aprovechado la oportunidad. Si tiene dudas piense: "mi vecino seguro que lo haría, el cabrón".


Fume.

Ya sabemos que fumar tiene consecuencias nefastas en cuanto al atractivo de las personas: quien fuma, apesta, enveceje, se deslustra y queda sexualmente inoperante. Sin embargo, en el caso de que usted sospeche que tiene la gripe, lo mejor que puede hacer es ponerse a fumar como un cabrón. Esto hará que los pulmones se le llenen de mierda y que sus síntomas se agraven: cuando llegue a urgencias lo verán tan jodido que lo darán por desahuciado y arrimarán su camilla a un lado del pasillo, dando prioridad a salvar a las personas normales que, como no fumamos, tenemos más expectativas de vida.

Seguramente no se morirá, pero por si acaso, ¿es conveniente hacer testamento?


Si lo que tiene son solo bienes y derechos, no hace falta que se preocupe en testar: déjelo todo abierto, que ya los buitres de su familia se encargarán de pelearse entre ellos y de repartirse la carroña cuando todavía sus cenizas estén calentando el fondo de la urna que nadie va a retirar. Si lo que tiene son deudas y obligaciones, haga testamento: es una buena oportunidad para joder a quien le estuvo dando por culo toda su vida. Cierto es que esa persona no tiene porqué aceptar la herencia, pero por lo menos le dará un susto. Piense que el más allá no existe, así que no pierda el tiempo en urdir venganzas de ultratumba: hágalo en vida.

martes 25 de agosto de 2009

¿Qué fue de... ?

Como ha pasado un tiempo, resumo a continuación qué ha sido de algunos de los principales personajes que estuvieron vinculados a este blog en temporadas pasadas.


Evangelina.

Nombre completo: Evangelina Mantel Ulloa.

Relación con Edmundo: Hermana.

El matrimonio con su amada Nagore duró casi un año y medio. Después de pasar una prolongada luna de miel en la que las dos tortolitas parecían amarse más que el pedo al culo, la pareja no pudo convivir con el sopor de la rutina. Nagore, precioso culo inquieto, derivó en una bisexualidad que para Evangelina fue imposible de soportar y que, para Edmundo, supuso un jugoso (aunque no repetido) efecto colateral.

Tras la depresión inicial, Evangelina pudo sobrellevar el fracaso sin grandes estridencias y sin darme mucho el coñazo. No recurrió a los tacones, escotes y vida frívola que equivocadamente suelen adoptar muchas mujeres después (y algunas antes) de un divorcio. Se entregó por completo a su próspera cadena de fruterías de barrio y a llevar una vida discreta y feliz, picando aquí, picando allá. Los viernes va al baloncesto, y algún que otro sábado quedamos para comer en el Parador de Las Cañadas. Nagore regresó a su Donosti y no se ha vuelto a saber gran cosa de ella. De vez en cuando la ex-pareja se llama y habla, aunque no puedo imaginar sobre qué coño de asuntos se puede hablar con alguien-a-quien ya-no-te-tiras.

El Soltero de Oro.

Nombre completo: El Soltero de Oro.

Relación con Edmundo: amigo.

Durante dos años estuvo viviendo en Madrid, donde un chino estuvo a punto de robarle la cartera en la línea 2 del Metro. En ese tiempo visitó varias tiendas de discos de vinilo, a la busca de grandes éxitos de músicos muertos. Cuando no hacía eso, o bien se pasaba las horas muertas en el fnac, o bien se dedicaba a montar una estructura financiero-contable que soportara un entramado de empresas de la familia para la que trabaja, al borde siempre de la ilegalidad; y no en todos los casos en el lado de acá del borde. Cuando las artimañas estuvieron lo suficientemente maduras, regresó a Tenerife, intentando adoptar la misma vida de siempre, anclada en una rutina que para cualquier persona que lleve una vida más o menos normal, sería insoportable. Actualmente el entramado de empresas está siendo investigado, y él hace como que no sabe nada. Su palabra preferida, que emplea con notable perseverancia contra los que aún nos consideramos sus amigos, es "cabrones... cabrones".


Mi hermano el que no me habla

Nombre completo: Mi hermano el que no me habla.

Relación con Edmundo: Hermano.

Sigue sin hablarme. Continúa casado con la misma mujer de antes: mi cuñada de tetas operadas, quien pretende, sin conseguirlo, llevar una vida de glamour, clase y elegancia, cosas que erróneamente considera que puede comprar con la ingente (y merecida) cantidad de dinero que gana. Hasta que no vuelva a llegar la cena de Navidad, careceré de más información al respecto. Cosa que, previsiblemente, seguirá siendo así después de tal evento.


Mis otros hermanos de los que nunca hablo

Nombre completo: Mis otros hermanos de los que nunca hablo

Relación con Edmundo: Hermanos.

No hablo de ellos.
Nüsh
Nombre completo: Nuestra querida Señora Nüsh
Relación con Edmundo: Como una Nüsh en el corazón pequeño.


La Señora Nüsh, nuestra proveedora de sandías, era querida por todos. Tan querida era, tanto se hacía querer, que sus venas crecieron, crecieron y crecieron. Su bondad se esparció por toda la red, mulitplicándose en blogs, fotologs y otras formas de comunicación más o menos aceptables. Buscaba, buscaba y buscaba. Pero la Señora Nüsh no era del todo feliz, ni feliz del todo. Siempre, siempre, le faltaba algo. Eso le pasaba porque se tomó demasiado en serio ese período de la vida por el que los demás casi siempre pasamos sin darnos cuenta, o demasiado borrachos como para enterarnos, período en que los seres humanos se dedican a madurar. Cierto es que un par de gilipollas (en especial uno, ya saben, el típico uno) contribuyeron bastante a joderle esa etapa y eso, muy a su pesar, aunque al final seguro que será para bien, tuvo su influencia en nuestra Nüsh. Con todo, la Señora Nüsh asumió que su vida había cambiado y de tanto mirarse en el espejo, no para admirar su belleza, cosa que habría sido justa, sino para encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera ella entendía, migró a Divinidad, adpotando el nombre de unas famosas mermeladas. Ahora, más reposada, más sosegada, aunque sin acabar de asumir del todo la máxima de Mantel "Nada es tan importante", sus palabras navegan mansamente en el error de la paloma. Es que para nuestra Divinidad, todo será siempre muy importante.
SuperSantiEgo
Nombre completo: SuperSantiEgo
Relación con Edmundo: Ex-compañero en la celda de paredes acolchadas.
Una vez recibida el alta en el Hospital Psiquiátrico, no porque se hubiera curado, sino porque el equipo médico desistió de seguir perdiendo recursos en más intentos infructuosos de sanación del egocentrismo mórbido que le afecta de nacimiento, SuperSantiEgo se dedicó al culto a su persona sin ataduras, liberado como estaba de camisas de fuerza y medicación. Prueba de ello son sus blogs, que se multiplican como hongos en sótano de vieja y que testimonian, además, una vida plena de tiempo libre. La satisfacción que cobra nuestro amigo en tal promiscuidad bloguera, no reside en los comentarios de los demás, sino en releer sus propios posts una y otra vez, propiciándole un alboroto instantáneo en todos sus fluidos corporales. Actualmente no trabaja (tampoco lo hacía antes) y amenaza con abrir nuevos blogs de temas diferentes a todos los demás, pero con un objetivo común de base: darse lija a sí mismo.
Borde
Nombre completo: Borde
Relación con Edmundo: Solíamos coincidir los domingos por la tarde en la sala de espera de un burdel.
Aficionado a las motos en igual medida en que yo lo soy a perseguir culos por las calles, el Sr. Borde siempre se ha esforzado por hacer honor a su nombre, y en aparentar comportarse como tal, pero esta estrategia fracasó desde el momento mismo de su invención. Por ejemplo, borde puedo ser yo, puede ser una cuñada, o puede ser el filo de una mesa, pero basta ver la mirada del Sr. Borde cuando enfila los muslos de una meretriz en picardías y tacones de camino al bidé comunitario, para darse cuenta de que en realidad hablamos de un hombre bondadoso, educado y más despistado que una mierda en un concurso de cristales. Además, uno de sus mayores defectos, que juega principalmente en contra suya, es profundizar demasiado en las cosas de la vida, sin percatarse, aún, aunque algún día lo hará, de que las cosas son como son y ya está. Incapaz de hacerse rico, es el típico elemento trabajador y trabajador y trabajador, que invierte, es decir, pierde, el poco dinero que le sobra en su pasión motera y en libros inútiles que se empeña en leer, ocupación esta última que perpetra más por darse a sí mismo una imagen de que pretende crecer en la vida, que por una afición real. Como todo hombre que se precie, el Sr. Borde alcanzará la madurez el día en que se dé cuenta de que leer libros que escriben otros no sirve para nada, y que al final acumulas en casa un montón de bloques de papel amarilloso con el único objetivo de generar vivienda de protección oficial a legiones de ácaros. Por más que lo intenta, aún no le han crecido en los brazos los flecos que lo atestiguan como motero de verdad: los que lleva los tiene pegados a las mangas de la chaqueta de cuero.

Johnny Ingle

Nombre Completo: John Ingle Rodríguez

Relación con Edmundo: ¿Amigo?.

Después del 7 de junio de 2008, fecha en la que publicó su último post (bajo ese nombre), Johnny Ingle se ha entregado por completo a su pasión favorita: el ostracismo absoluto. Aparte de mí y de un par de amigos más, alguna que otra hermana y su madre, no mantiene relación con nadie. En este tiempo se ha comprado un coche como el de la foto, lo ha vuelto a vender, y ha intentado recomprar, sin éxito, el vehículo que anteriormente me había endosado a mí. En su terreno, probablemente una de las fincas más horrorosas e improductivas que poseerse puedan, se ha dedicado a la botánica y a la zoología, obteniendo enormes satisfacciones en ambas disciplinas: sobre todo en cuanto a la guerra química contra las plantas de los vecinos, así como matando ratas a escobazos. Como antes, pasa las horas muertas tumbado bocarriba en su cama cartografiando la geografía del techo de su cuarto. Consciente del gran vacío que ha creado en la sociedad y en las almas de los muchos seguidores de su blog, ha decidido regresar, pero todavía no lo sabe. Johnny Ingle es una de las razones por las que Edmundo Mantel ha vuelto a escribir, así como una de las razones que aún me mantienen con vida, en general.


Edmundo Mantel


Nombre completo: Edmundo Mantel Ulloa.

Relación con Edmundo: Él mismo, joder.


Edmundo Mantel sigue siendo, básicamente, el mismo gilipollas de siempre.


miércoles 19 de agosto de 2009

Conversación sobre tetas

Reproduzco a continuación un extracto de una conversación sobre tetas que mantuve recientemente con mi amigo Rom.

Rom dijo:

Amén hermano. Siempre he pensado que las tetas deben ser las justas. Deben quedar ampliamente cubiertas con la mano, sin que rebose en los bordes porque no es abarcable. Nunca me han gustado los excesos: ni mucho culo, ni muchas tetas, ni muchas piernas, ni muchos labios... La auténtica belleza radica en la sobriedad o moderación de las formas. Zar tenía unas tetas realmente bonitas para mi gusto. Eran pequeñitas, por eso no necesitaba llevar sujetador. Estaba acomplejada de sus tetas y le habría encantado tener unas rellenas de silicona a falta de unas naturales mucho mayores, aunque a mí me encantaban así.

Mantel respondió:

Por más que someta mi imaginación a insobornables esfuerzos, créeme, amigo Rom, que jamás pude pensar que Zar, aquel borracho barbudo cuya dedicación más conocida era follar cualquier cosa en movimiento y vomitar en las plataneras de los amigos de sus amigos, fuera el poseedor de unas tetas que resultaran "realmente bonitas" (sic.) para tu gusto. Imaginar a aquel hombre peludo y desgarbado portando un par de "tetas pequeñitas" (sic.) que no se "rebosaran en los bordes" (sic.) de tus manos y que no hicieran necesario el uso de sujetador, subleva mi libido en igual medida en que revuelve mi estómago, máxime si te imagino a su vera, con tus manos calibrando sus pezones, mientras tus ojos miran deseosos aquellos dientes cortados a filo de sierra herrumbrienta.



Pero no te voy a juzgar, no: te seguiré estimando como hasta ahora, de la cabeza a los pies y prométote que nuestra amistad no sufrirá depreciación alguna, pues para mí no es condicionante la opción sexual que elijan mis amigos, si de verdad los considero como tales. Prueba de ello es nuestro común amigo El Soltero de Oro, quien reiteradamente ha reconocido su bisexualidad (cierto es que al principio le costó un poco), y ahí está en la cúspide de la pirámide de mi admiración.


Al igual que tú, considero que las tetas excesivas constituyen un desperdicio de tejido del todo punto injustificable, así como un consumo innecesario de energía en determinado tipo de actividades, como aquellas en las que hombre yace con mujer, o mujer con mujer o, como en tu caso, hombre con hombre peludo y halitoso. Innegable es que un pecho prominente capta la atención de nuestra mirada, activando algún como mecanismo automático y ancestral de nuestros ojos que los hace dirigirse a ellas como can se dirige a vulva hinchada de perra en celo. Pero, al menos en mi caso, en el acto recupero el control de mis pupilas, que se entregan a menesteres más excitantes, tales como contemplar el paso de una cucaracha, o evitar una mierda pegada a la acera.


Las tetas muy grandes son solo eso: trozos de carne hinchada adosadas a una mujer, con el único objetivo de captar la mirada de los idiotas y de descompensar el conjunto físico de su propietaria. Y la belleza se mide por el conjunto, no por un par de bolas de grasa. Por lo general, las mujeres con tetas del tipo "las justas", cumplen a rajatabla la famosa ley de compensación adiposa en el cuerpo, que suele quedar más equitativamente repartida en quienes disfrutan de esa tipología. En conjunto, el cuerpo de una mujer de tetas de tamaño mediano-pequeño es mucho más proclive a resultar armónico que el de una tetona explosiva.


Erróneamente, muchas de las mujeres que conozco de tetas no-gigantes, se sienten o en algún momento de su vida se han sentido acomplejadas por el tamaño de tales atributos. Eso es porque desconocen que para un ser humano normal como tú o como yo, lo que se valora es el resultado del conjunto, y no se queda con la impresión inicial de un mostrador inflado. También erróneamente, muchas de ellas recurren a la horrible cirugía de silicona, o a medios más baratos y menos definitivos como sujetadores con relleno, que hoydía haylos de todas clases, modelos y colores. En lo que a mí respecta, un ser humano con plastas de silicona bajo cualquier punto de su piel, salvando los casos de necesidad terapéutica, queda automáticamente descalificado de la carrera del deseo; desprovisto de cualquier posibilidad de generar siquiera la más mínima pulsión sexual. Carente de atractivo, igual que sucede con las personas que fuman, o con un mosquito espachurrado en la pared de un apartamento cutre de verano.
Claro, que lo que valoran muchas de las que se ponen el plástico en las tetas es la mirada de los idiotas, y no la opinión de las personas normales: los idiotas son más fáciles de manipular.