viernes, 11 de noviembre de 2016

Casa de Venezuela en Canarias y su relación con los Mantel


La Casa de Venezuela en Canarias es un club que se creó a principios de los años 70 por un grupo de emigrantes canarios retornados de Venezuela, en colaboración con el entonces cónsul del país en las islas. Compraron un extenso terreno con chalet, con su propia ermita y algunas edificaciones auxiliares en las afueras de La Laguna (la segunda ciudad-pueblo de Tenerife). Anteriormente esas instalaciones habían sido un exclusivo Country Club fundado por la colonia inglesa. No tengo más datos de esa época anterior, pero sospecho que los ingleses abandonaron el lugar cuando se dieron cuenta de que en invierno el frío, la niebla y la humedad en la zona eran infinitamente mayores y más insoportables que los que padecían en su tierra natal.

En Tenerife ya existían otros clubes a principios de los 70, pero todos tenían un aura de distinción de la que carecía la Casa de Venezuela. De hecho, la Casa era conocida por los exclusivos socios del Casino como "la casa del mago" (traducido: "la casa del paleto"), pues mientras en las otras asociaciones de la isla los actos culturales, los conciertos, teatros, agrupaciones líricas, etc, eran su seña de identidad, la Casa de Venezuela se limitaba a reunir a un puñado de personas que habían regresado de Venezuela con mayor o menor fortuna, casi todos fumadores de puros, cuyo mayor entretenimiento se basaba en las alegrías y penurias del dominó (para ellos), el cinquillo o el parchís (para ellas). Con los años, eso ha cambiado un poco y se han ido introduciendo otras actividades más enriquecedoras para cuerpo y espíritu.

Mis padres no fueron socios fundadores, pero se unieron al club en los primeros años, animados por mis tíos, otros Manteles que también habían regresado de Venezuela a finales de los 60. Este Edmundo nació en Tenerife en 1967, un par de meses después de que mis padres desembarcaran  a su regreso. Mi madre vino de Venezuela embarazada de mí, tras haber fracasado en sus múltiples intentos por abortarme (saltando desde una mesa, dándose baños de agua helada...), pues yo había sido un penalti sorpresivo; pero resultó que, también sorpresivamente, me aferré a su útero con los pocos recursos de que disponía en mi época embrionaria. Mis hermanos, en cambio, habían nacido en Venezuela perfectamente planificados, con unos rasgos perfectamente arios, perfectamente rubicundos y perfectamente de familia-bien. Familia bien que, por cierto, luego devino en menos-bien cuando mi padre, como tantos otros en sus mismas circunstancias, decidió enterrar sus ganancias de ultramar en los plátanos. Bien es verdad que sin ser nunca "ricos",  esa finquita, demasiado grande como para atenderla él solo, demasiado pequeña como para sentarse y recoger beneficios sin mayor esfuerzo, siempre generó recursos para que pudiéramos vivir, no con lujos, pero sí con cierta holgura, holgura que mi padre siempre se empeñaba en asfixiar con su enfermiza tacañería. Joder, si es que cuando íbamos a comer fuera ni siquiera podíamos repetir refresco: Pepsi para los chicos, Mirinda para la chica. "Ahórrala", decía.

En toda la bolita del mundo, sólo existe una foto de Edmundo Mantel bebé, y no es que haya sido la única que se conservó, sino que es la única que siempre existió: la invisibilidad y la falta de registro histórico son una de las grandes ventajas de ser el hermano pequeño, como bien saben todos los hermanos pequeños del mundo. En esa foto se aprecia en modo notable que la diferencia entre mis hermanos y yo fue, desde el principio, abismal. Ellos con sus peinados clónicos: por más que me esfuerzo no alcanzo a entender qué pudo mover a mi madre a perpetrar en mi hermana  Evangelina exactamente el mismo peinado que en mi hermano el que no me hablaba, salvo que se tratara de una oferta 2x1 en la barbería del barrio. En cambio al bebé se ve que lo vistieron con el primer pelele que encontraron, con toda probabilidad amarillento y heredado de mis primos y hermanos, y pardiez que ni siquiera se molestaron en peinarme.

Mis hermanos, siempre blancos, siempre arios, solían burlarse de mí cuando era pequeño, a cuenta de que yo era "negro" o "mono" (en el sentido zoológico del término, no en el de "bonito") y decían que había sido no ya adoptado, sino encontrado en la basura del mercado, entre restos de sandías pasadas y plátanos podridos. A mí aquello no me traumatizó, ni mucho menos, pues acabé tomándomelo a broma pero, eso sí, siempre fui consciente de las diferencias que había entre nosotros. La explicación a todas ellas no está en la basura del mercado, ni en una aventura extramatrimonial de mi madre: simplemente pasó que físicamente mis hermanos salieron a la rama paterna, mucho más egregia y noble, y yo a la materna, más de andar descalzo por la playa. Mentalmente somos los tres bastante gilipollas, como también he dicho en más de una ocasión, aunque para ser objetivo, diré que un observador externo medianamente despistado podría no darse cuenta de esa realidad desde un primer vistazo.

Total que las salidas de mis padres se circunscribían a la Casa de Venezuela. Íbamos prácticamente todos los fines de semana, desde el viernes, primero en el viejo R4, luego en el viejo Volvo, vehículo que marcó una cierta evolución en la lesiva etapa cicatera de mi padre. Mis padres se dedicaban a sus dominoses y sus parchises; mis hermanos a sus amigos (que no eran los míos, porque pertenecían a otra generación, incluso sospecho que a otro mundo) y a mí no me quedó más remedio que hacer amistades por mi cuenta, eso sí, parapetando mi timidez detrás de mis primos Manteles, que siempre fueron mucho más descarados y sociables. O sea, normales.

Así que las amistades de mi infancia y adolescencia se tejieron en aquel club. Allí tuvieron lugar mis primeros besos, algunos de los cuales me provocaron profundo asco (luego se me pasó), mis primeros escarceos amorosos amparado por el techo de estrellas (me acuerdo especialmente de ti, pero no voy a decir ni a falsificar tu nombre), mis primeras conversaciones "con chicas", mientras mis amigos jugaban fútbol, actividad que yo aborrecía. Aclaro aquí que luego a esas chicas invariablemente se las acababa ligando alguno de mis primos, quedándome yo con la miel en los labios después de haberles allanado el camino a ellos, relegado a la honrosa pero estéril categoría de "amigo que sabe escuchar". También allí fue la primera vez que fumé... y la segunda, y la tercera, hasta que decidí que aquello era asqueroso y no volví a fumar en mi vida, asumiendo el coste de que mis amigos pensaran que ellos eran más machotes y más maduros que yo porque ellos sí siguieron fumando; cosa que desde su confortable tumba alguno de ellos me sigue recordando hoy en día.

Eso fue así más o menos hasta mediados de mis 16 años, época en que me eché mi primera novia "formal". Entonces me alejé de la Casa de Venezuela y de todo el entramado de amistades que se había formado allí. Luego me fui a estudiar a Las Palmas, donde aprendí a beber, a decir palabrotas y a fracasar en una carrera universitaria mal elegida. Como mi vida social había estado constreñida a aquel club, cuando llegué al nuevo sitio, una ciudad más grande, más cosmopolita, con nuevas amistades, ambiente universitario y nuevas formas de divertirse, se abrió ante mí un nuevo mundo de relaciones sociales. En ese mundo la inmensa mayoría bebía, fumaba canutos y vomitaba por las esquinas. Aunque mantuve mi promesa de no volver a fumar cigarros, llegué a probar un par de veces alguna calada de porro que se había preparado otro; lo hacía por inercia de manada, no porque me proporcionara ningún placer. Un día  me entró un mareo que casi me caigo tieso en el baño de un tugurio de Agüimes, y allí mismo, apoyado en los azulejos borrosos de la pared, decidí que no tenía necesidad de aquello. Así que nunca más lo hice.

El nuevo mundo de relaciones sociales se cerró no mucho tiempo después, cuando cambié de novia por otra que tenía más a mano y que no precisaba de un billete de barco para poder eso, meterle mano.  Definitivamente, la Casa de Venezuela quedó en el pasado... o eso parecía. Con el tiempo y sin el título, pero con una amplia experiencia en resacas y vomitonas, regresé a Tenerife. Empecé a trabajar y desde entonces no he parado de hacerlo hasta el momento actual (salvo que sin yo saberlo en este mismo instante me estén redactando la carta de despido por estar escribiendo esta porquería en lugar de cuadrando cuentas que me importan una mierda), en esta cueva colgada en la décima planta de un edificio que se cae a pedazos, con vistas por un lado al mar, y por otro al bar.

El caso es que no volví a tener contacto con la Casa de Venezuela hasta hace 4 o 5 años, momento en el que por un cambio en los estatutos, la acción de socio de mi padre podía transferirse a alguno de sus hijos sin mayor coste, pudiendo ambos disfrutar de las instalaciones con el pago de una sola cuota. Mi interés por el club a estas alturas era tendente a cero, pero decidí sacarle partido acudiendo a la piscina climatizada y al gimnasio. Bien es cierto que al gimnasio dejé de ir al poco tiempo, por varias razones que tienen que ver, por lo general, con lo mal que huelen los demás, con el narcisismo de los onanistas imbéciles que van allí a mirarse los músculos en el espejo, y con los tipos que no paran de hablarte y hablarte y hablarte, mientras tú estás asfixiado y concentrado en no caerte de la puta cinta de caminar (ni siquiera de correr).

Total que el mes pasado me avisa uno de mis primos, sí, de aquellos primos sociables y triunfadores, de que se va a hacer una reunión de los que habíamos sido amigos hace más de 30 años en la Casa de Venezuela. Me dijo que había un grupo en el facebook, que me apuntara y tal, y que fuera a la reunión. Yo le dije que yo pasaba del facebook. De ir a la reunión al principio también pasé, entre otras cosas porque precisamente en ese momento de mi vida tenía otras cosas ocupándome la masa informe y desperdiciada de mi cerebro.

Mi primo Mantel siguió insistiendo, siguió insistiendo y, finalmente, siguió insistiendo. Así que al final, como solemos decir los que tenemos cierta edad, "me dejé caer" por la fiesta. 

Lo que pasó es que ese día de la fiesta yo no me acordaba de nadie, bueno, de casi nadie del pasado remoto, pero me sorprendió sobremanera la cantidad de gente que se acordaba de mí, y lo bien que se acordaba y lo que se alegraban de ver a este Mantel. A mí me daba un poco de vergüenza, porque era incapaz de recordar el nombre nadie, ni  la cara de casi nadie, así que acabé llamando a la gente por su nombre de pila, el popularmente conocido como "tú". Me las apañé para que al hablar con alguien ese alguien acabara convencido de que me acordaba de su nombre, pero no del de los demás, cosa que era totalmente falsa porque la mayoría de las veces ni siquiera sabía con quién estaba hablando, lo que en cierto modo hacía que esa persona se sintiera especial. Sí, dentro de mi asilvestramiento natural, en ocasiones sé comportarme, al menos en apariencia, como un ser social. Me sorprendió el cálido acogimiento porque de pequeño, y creo que también ahora, aunque después de ese día empiezo a dudarlo, yo siempre fui muy discreto, nunca en primera línea, siempre en segunda o tercera; tímido, callado, observando desde trinchera segura, a salvo tras mis muros, nunca protagonista. Los protagonistas eran mis primos, altos fuertes, guapos, y sociables; Edmundo siempre a remolque, enclenque, callado y huidizo. Claro que ahora no sé si esa imagen que tenía de mí mismo era acertada o no, porque ese día de la reunión me empezaron las dudas, también acuciadas cuando mi primo fuertote y grandote como galán de telenovela mexicana, se acercaba a mí, me pasaba el brazo por encima y me decía "aquí está mi primo Ed, parece-que-no-moja-pero-empapa". Así que por lo visto llevo toda la vida empapando, y yo sin enterarme.

Todo eso... y también otras cosas, me está haciendo pensar que a lo mejor debería plantearme el dejar de ser invisible de una vez, derribar algunos muros y dejar que la gente se acerque, acercarme a la gente, mojar de entrada, en vez de darme cuenta con 30 años de retraso de que sí, en realidad estaba empapando. Porque los próximos 30 años me parece que ya no va a ser posible, ni mojar, ni empapar nada distinto a los pañales geriátricos.

Vamos, que igual hasta me pienso lo del facebook de las narices.

Y lo mismo hasta cualquier día de estos te llamo.




miércoles, 2 de noviembre de 2016

Como arena entre los dedos.



ESTE POST FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EL 4 DE ABRIL DE 2008. Curiosamente, algunas cosas de la vida recuperan a veces una siniestra actualidad, pervirtiendo los acontecimientos en un ciclo malvado, que no parará de repetirse mientras no hagas nada para remediarlo; mientras insistas en ponerte la misma venda en los mismos ojos día tras día, mes tras mes, año tras año, vida... Porque sí: VOLVIÓ A OCURRIR.




Está ocurriendo otra vez. Me siento frente al mar. No hay nadie a mi alrededor. Sólo algún cangrejo esquivo y un par de gaviotas que se gritan en su idioma de pájaro loco. Quizás es su forma de amarse; yo siempre he pensado que se pelean, cuando gritan así. Pero puede que no. Puede que se estén amando. El sol languidece; cuando lo ves desaparecer eres consciente de lo rápido que pasan los minutos. Las olas se vuelven de colores, llegan mansas, se rinden a la tierra, inundan mis oídos. Agarro un puñado de arena, abro mi mano, lentamente; por entre los dedos se precipitan los granos. Sólo queda un diminuto montículo en la palma; apenas el recuerdo. Agarro otro puñado.



Está ocurriendo otra vez. Igual que la arena se pierde entre mis dedos. Igual vuelves a desaparecer. No creo que los granos sepan lo que hacen cuando caen. De la misma manera, tú no sabes que te vas. Pero yo sí, porque yo estoy sentado, mirando al cielo, mirando al mar, viendo cómo te resbalas entre mis dedos. Es lo natural, ¿no?, que la arena vuelva a su lugar; que la Naturaleza, llámala gravedad, llámala amor, desamor, vida... arrastre a cada uno al lugar para el que está hecho. La arena, a la arena. No está hecha para constreñirse entre mis manos. Igual tú. No sé cuál fue el error, si haberte atrapado entre mis dedos; si haber tardado tanto en darme cuenta.



Está ocurriendo otra vez. La última vez te fui a buscar. Me empeñé en coger otro puñado. Pero esta vez no. Mis dedos se han cansado. Tus palabras no pudieron con tus hechos. Es lo natural. Esta vez no te iré a buscar, dejaré que te resbales, esperaré a que te percates, de lo inútil de la espera. Dejaré que caigas suavemente en tu lugar. Tú, seas quien seas.



No volverá a ocurrir. No, otra vez no, querida.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Entre fantasmas. Rutas por la Isla de Tenerife. El Teide de noche.


(*) NOTA: Por respeto a los familiares, se han omitido nombres y otros datos precisos de fallecidos, especialmente en casos de asesinatos, desapariciones y suicidios.



Para que surta efecto, esta ruta debe de hacerse en coche, en completa soledad y después de que se oculte el sol. Tenga presente en todo momento que su objetivo en este recorrido es encontrar la paz.



Desde el área metropolitana, diríjase a la rotonda del Padre Anchieta, para luego subir por la carretera de La Esperanza. Al llegar a la zona de los primeros pinos, usted percibirá la presencia de dos seres incorpóreos en los asientos traseros de su vehículo. Se trata de dos asesinados, uno  hace varias décadas y otro hace un par de años, cuyos crímenes aún hoy están sin resolver. No se asuste. Ellos no se meterán con usted. La mayor ventaja de estos dos espectros es que no molestan, no hablan ni siquiera entre ellos; no gimen, no lloran, no gritan, no hacen desesperados aspavientos por fuera de las ventanillas. Simplemente se sientan allí, uno junto al otro, con las manos vaporosas sobre las rodillas, y miran hacia adelante.

Hasta el monte de Las Raíces no habrá mayor novedad. Allí, justo al pasar la curva del restaurante, se le subirán al coche otros cuatro fantasmas, tres de los cuales pertenecen a personas que se ahorcaron en diferentes fechas hace años desde la misma rama del mismo pino, y el otro a un cazador que se descerrajó un tiro en la frente con su Kemen paralela, acosado por sus miedos en el oscuro  bosque. El cazador gime, llora y se lamenta de vez en cuando nombrando a alguno de sus podencos. Los  tres ahorcados no hablan, aunque uno de ellos se pone a mirar permanentemente a los asesinados, que se revuelven con incomodidad creciente en su asiento. El otro mira hacia atrás. El otro clavará su mirada en usted y nunca dejará de hacerlo.

Pase por el mirador de Montaña Grande: si quiere párese y bájese del coche a mirar. Si no quiere, no. Pero haga lo que haga, cuente con que a partir de ese punto llevará también a los fantasmas de dos niños y una niña desaparecidos en distintos momentos de los años 50 en el sur de la isla, que por alguna razón habitan bajo el cartel explicativo del mirador. Los niños no se conocían en vida, y parecen no hacerlo tampoco ahora, pues nunca dan muestras de saber que están con los otros dos, aunque siempre están juntos. El niño más pequeño no para de llorar con un llanto angustioso e inconsolable. Los otros miran al suelo en silencio.


De camino al mirador de Ortuño, entre el p.k. 12 y el 14 es normal encontrarse con bandadas de murciélagos que están a punto de estrellarse contra su parabrisas. No se inquiete ni maniobre para evitarlos; como verá, tienen los reflejos y rapidez suficiente como para apartarse justo antes del impacto. Aún así, esto tiene sus consecuencias entre los fantasmas: el niño más grande grita durante 42 segundos; y uno de los fantasmas de los asesinados se pone en pie exactamente durante ese mismo tiempo.

En la curva anterior al mirador se le subirá un anciano atropellado por un tractor John Deere de segunda mano en 1963. En vida fue recolector de pinocha. Es muy hablador y tiene la habilidad de alborotar a todos los fantasmas, buscándoles la lengua, invitándolos a un trago de vino y una carne cabra, invitación que invariablemente todos declinan con asco y desprecio. A partir de ese momento la niña se tapará los oídos, recitará de forma cíclica la tabla del 7 y ya no parará. Los asesinados siguen en silencio, aunque notablemente más nerviosos. En el mirador apártese de la carretera, apague las luces y bájese del coche. Tenga la precaución de dejar las ventanillas bien cerradas, pues de otra manera el escándalo que arma el anciano y los otros cada vez menos silenciosos  fantasmas,  le impedirá escuchar los sonidos de la noche: el transitar del viento meciendo de forma siniestra las copas de los árboles, el desgarro de los grillos, el arrastrado quejido de las cigarras. Respire. Huela. Escuche. Manténgase con vida. A su izquierda observe la silueta del Teide emergiendo del mar de oscuridad. Ignore a las no menos de seis ánimas implorantes que le rodearán en todo momento, pero que no subirán al coche. Retome el camino.

¿Hay alguien ahí?; pero, ¿HAY ALGUIEN AHÍ?


Unos kilómetros más arriba pasará por la montaña de El Diablillo. Allí se incorporarán los 146 fallecidos del vuelo 1008. Todos en la parte de atrás, con el resto de  fantasmas. Por alguna razón, los aparecidos siempre dejan libre el asiento delantero derecho. Ahora el ruido es casi insoportable. Tenga paciencia: no permita que los espectros le rompan su noche de paz. Parte de los pasajeros del avión discuten sobre si la culpa fue del piloto o de la torre de control; un matrimonio se pelea por nimiedades; dos amantes recuerdan en ese momento que son amantes. Otros hablan de cosas incomprensibles. La mayoría, llora. El viejo atropellado insiste en invitar a los recién llegados a vino y carne. La niña recita la tabla del 7. El niño llora. Los dos asesinados tiemblan en silencio, de terror puro, mientras un ahorcado los sigue mirando. El cazador llama a su podenco. El ahorcado que no para de mirarlo se acerca a usted por detrás y le susurra junto a su oído derecho un pestilente "PRONTO TE SENTARÁS AQUÍ DETRÁS". Usted cree que se va a volver loco. No pierda la calma y continúe conduciendo. Puede poner toda la música que quiera: por encima de ella, siempre oirá a sus fantasmas.

En el último semipuente antes de llegar al desvío del Observatorio de Izaña,  no podrá evitar atropellar a un conejo que saldrá de improviso del muro protector, en un intento baldío de cruzar la carretera. Usted notará el golpe seco bajo la rueda delantera derecha, y luego sobre la trasera, como si hubiera pasado por encima de un mullido cojín relleno con una sandía pequeña. Los fantasmas callan tres segundos, pero luego siguen con su algarabía;  usted dará un poco marcha atrás, intentando, ahora sí, esquivar la carne sobre el asfalto. Se bajará del coche para ver los restos, aquellos intestinos de estúpido lagomorfo desparramados por el suelo, intentando culparle a usted del desastre y usted diciendo: la culpa fue tuya, imbécil, por cruzar por delante de los faros. Continúe su camino sin dar mayor importancia, pero sepa que a partir de ese momento cargará para siempre con un fantasma más, el del conejo destrozado.

Desde ahí hasta la base del Teide le quedan todavía varias almas que recoger: un par de montañeros suizos borrachos, otro cazador (este despeñado por accidente cuando perseguía a un muflón en 1974), una mujer despechada que volcó a propósito el todoterreno de su exmarido en la curva de Montaña Mostaza y, al menos, cinco excursionistas desaparecidos en Montaña Blanca en la tormenta de febrero de 1867. Aparque en uno de los apartaderos cercanos a la vía de subida al teleférico. El ruido, los gritos, los llantos dentro del coche, los ahora sí, fantasmas de los asesinados haciendo desesperados aspavientos por fuera de las ventanillas, el olor a sangre caliente de conejo, casi pueden con usted. Bájese del coche y vuelva a cerrar las ventanillas (con cuidado). A pesar de todo, comprobará que durante el camino ha recolectado mucha paz.



Dará un pequeño paseo. Sin proponérselo, su aspecto merodeador espantará a una parejita que exhalaba sus risas y sus vahos en un utilitario aparcado no lejos del suyo. A los diez minutos o así, usted se subirá a su vehículo y emprenderá el camino de vuelta a casa.

Descendiendo por la carretera de montaña, sin ninguna razón, un nuevo e imprevisto fantasma le acompañará, haciéndose visible gradualmente; no detrás con los otros, sino  a su lado, ocupando el lugar reservado del asiento derecho, como si fuera un trono.

Es el fantasma de una mujer. Allí puesta, le acompañará el camino de vuelta, mandando a callar a los de atrás, apaciguándolos, dominándolos con su mirada. Usted no le habla, ella a usted tampoco. Simplemente está allí, mirándolo en silencio, con una plácida sonrisa, entregada a la dura tarea de conciliar para usted sus fantasmas.

A medida que baja por la carretera, los fantasmas callan, se relajan y se van apeando del coche, quedándose en sus respectivos lugares. La mujer esperará a que bajen los dos últimos, los asesinados,  y con ellos se irá, antes del límite del monte. Allí permanecerá, habitando el profundo bosque, esperando a que usted la vuelva a recoger en su próximo paseo solitario. Pero antes, ya sabe, tendrá que recoger por orden a todos los demás, atropellar a un conejo...

Y así será para siempre, para el resto de su vida, cada vez que circule de noche por esa carretera.

Hasta que le llegue el momento de hacer la ruta en el asiento de atrás.




viernes, 9 de septiembre de 2016

De la influencia de la conversión cristiana en la conquista de la isla de Tenerife


Cuando hace varios eones los conquistadores españoles atacaron la isla de Tenerife, jamás imaginaron que podían encontrar tan aguerrida resistencia entre sus moradores. Se trataba de una larva de civilización en extremo atrasada, más incluso que la caterva de sucios piojosos  que por entonces poblaba media Europa; si bien se presume que los isleños eran algo más limpios, pues pronto se descubrió que se valían de la prolífica fauna reptil de la isla para fabricar un efectivo jabón.

Niño guanche justo antes del baño

Los españoles habían intentado doblegar las fuerzas de los aborígenes en varias ocasiones a lo largo de las últimos años, pero una tras otra caían víctima de las ingeniosas estratagemas de los locales, así como de su mejor conocimiento del terreno, del secreto de la carne bien guisada de cabra y del lanzamiento de pelotas de gofio endurecido para hacer caer los caballos del contrincante.

Desesperados, los atacantes dieron al fin con un método que acabaría para siempre con la resistencia indígena: la religión. Utilizaron en fase beta un procedimiento que, desarrollado y mejorado, años después les traería jugosos resultados en la conquista y asfaltado de Hispanoamérica. Fue al adelantado Rodrigo Borja Gonzalo de Guzmán y Josemari, al que se le ocurrió la idea de recurrir a la urdimbre del milagro, para desplazar a los dioses menores a los que estaban entregados los locales, en favor de un dios único (aunque trinitario), que aunaría en su personalidad trifásica todas las cualidades y venturas desperdigadas por la tradición local en cientos de diosecitos equivocados y de poca monta.

Para ello, esculpieron en el bulbo deforme de una rama enferma de pino, la cara de una muchacha, le pegaron por arriba unos pelos de cuartos traseros de cabra y, a modo de traje, le rodearon los cuatro palos que sostenían la rudimentaria cabeza con tela de las mangas del jubón del hermano menor de Fray Arsénico, a quien por cierto  gustó tanto el nuevo diseño de su prenda que desde entonces se dedicó al ballet clásico, abandonando su dizque prometedora carrera militar, para disgusto de su hermano y para alivio de sus compañeros de armas.

Imagen de una deidad neoyorquina y sus objetos de culto


Por la noche, abandonaron la figura en una playa de la costa sureste, no sin antes poner a su lado varias candelas de la marca Zippo (ya saben: si hay gasolina, ni el viento más feroz las apaga). Los aspirantes a conquistadores sabían que aquella era una zona de paso de los guanches que regresaban a sus cuevas después del pastoreo, o bien después de pasarse toda la tarde dormitando a la sombra de los perales del barranco de Chinguaro.

Apostados a los lados del camino, los soldados no tuvieron mucho que esperar, pues al poco apareció el guanche Tiramisú y sus cuatro hermanos menores (Tirma, Hiperdinos, Loscompadres y Coplaco). Paralizados, Tiramisú y sus hermanos no supieron muy bien qué hacer, y cuando finalmente decidieron que la maravillosa pieza era comestible, abalanzáronse sobre la imagen para culminar su gastronómico propósito. 

Alertados por la inesperada reacción de los aborígenes, los soldados, con Rodrigo Borja y Fray Arsénico al frente, abandonaron su refugio y al grito de ¡la virgen! interpusiéronse entre la imagen y los guanches, ofreciendo a éstos varias botellas de licor de alta graduación, que ingirieron con curiosa (y al final risueña) satisfacción. Ya casi acabadas las botellas, no les fue difícil a los españoles convencer a los guanches de que aquella imagen, primero, no era comestible; y segundo, tratábase no de un muñeco cualquiera, sino de la viva imagen de la deidad verdadera que a partir de entonces desplazaba  y aunaba a todas sus erróneas creencias, que por gracia divina adquirían en ese mismo momento la categoría de "tontería intragable", y que en cambio debían ellos y toda su raza entregarse en cuerpo y alma  a la nueva religión.

Muy hábilmente, los españoles difundieron este episodio, no sin ciertos adornos, como "el milagro de la conversión", molieron a palos a los guanches y a los que no pudieron convencer o vender como esclavos en Sevilla, los cortaron en trozos y los lanzaron  al fondo húmedo y oscuro del barranco. Algunos de estos trozos lograron sobrevivir mutando en perros que, para protegerse, adquirieron la forma de una frondosa planta conocida  por el nombre de ñamera, cuyos testículos tuberculosos son aún hoy muy apreciados en la cocina local.

Es de destacar que, si bien este incidente influyó de manera notable en la aceleración de la conquista, todavía habrían de pasar varias décadas hasta completar todo el proceso, ya que muchos guanches, sobre todo habitantes de zonas remotas de la isla a donde costaba transportar las grandes tinajas de licor, siguieron mostrando resistencia.

Con el tiempo, acabaron entrando en razón.





martes, 6 de septiembre de 2016

El último día de mi vida

Ayer fue el último día de mi vida. Sonó el despertador, como siempre, a las 6 y cuarto de la mañana. Retozaba un poco en la cama, con esa lucha diaria de me-levanto-ya-o-dejo- pasar-otros-cinco-minutos-total-lo-mismo-da, cuando sentí un dolor en el muslo. Fue en el muslo izquierdo, en la cara interna, un poco por debajo de la ingle. No fue superficial: algo por dentro se había quebrado. Jamás había sentido un dolor como ese. No era muscular, no era un tendón. Fue un dolor agudo, explosivo, como si algo hubiera estallado en el centro del muslo. Una especie de PIUFFF.

Ya está. El aneurisma, pensé. No en vano mi padre había no muerto hace unos años por un aneurisma. Mi abuelo murió por un aneurisma. Mi bisabuelo murió por un aneurisma. Mi tatarabuelo ni zorra idea de lo que murió. Se acabó, me quedan como máximo dos minutos de vida. Lo que tarde en vaciarme.

En esos dos minutos pensé qué es lo que podía hacer. Lo primero fue echarme mano al muslo, presionando la zona. Seguramente sería  inútil, pues el daño ya estaba hecho, pero se me ocurrió que quizás así podría contener o ralentizar la hemorragia interna.

Luego moví los dedos del pie, calibrando si notaba entumecimiento, líquido, hinchazón o diferencias de temperatura. Nada. 

Me sentí un poco mareado: está claro,  me estoy desangrando como un cerdo; al menos será una muerte plácida, como seguir durmiendo.

Pasaron otros dos minutos y no acababa de morirme. Se me cansó el brazo y retiré la mano del muslo con un a-la-mierda que retumbó en mi cerebro.

Entonces empecé a dudar si el mareo sería mareo o sería simplemente sueño. Pensé en llamar al 1-1-2, pero claro, eso implicaría moverme, y el movimiento aceleraría el desangrado. También pensé que si vienen, los sanitarios tendrían que tumbar la puerta de la casa para poder entrar (y eso no está en su convenio), porque ni de coñas me iba a mover yo, exangüe como estaba, para poder abrirles, eso en el caso de que todavía siguiera consciente en esos cinco minutos -que nunca son menos de veinte- que tarda la ambulancia en llegar "porque estamos en el centro".

Pasó el tiempo y seguía sin morirme. En vez de túneles con luces al fondo, en vez de familiares muertos que me llamaban, en vez de películas de toda la absurdidad de mi vida pasando por delante, lo que pensé fue que por mucho que me quejara de las mierdas de la vida, por mucha bota que intentes echarme al cuello, por mucho que te esfuerces en hacérmela imposible, la verdad es que no quería morirme. También pensé joder, tendría que haberme fundido ese dinero que guardaba para la jubilación.

Diez, quince minutos más. Aburrido de no morirme, decidí levantarme. Me incorporé despacio, convencido del desplome posterior que no llegó a ocurrir. Encendí la luz, me puse de pie y permanecí así un rato, palpándome la pierna, fijándome en si había cambiado de color o estaba tumefacta. Superé las pruebas con éxito.

Total que dado que no moría aún, no me quedó más remedio que  prepararme para ir a trabajar. Pensé que a lo mejor el aneurisma no  había llegado a romperse, o al menos no del todo, y que la hemorragia era un fino hilito de sangre cuyos efectos tardaría unas horas en percibir.

Arranqué el viejo Volvo y me fui, dispuesto a afrontar la emoción de mi última anodina jornada de trabajo. En la oficina me aburrí, como siempre, y seguí vivo, como siempre.

Tenía previsto morirme, así que no había planeado nada para por la tarde. Total que comí cualquier porquería,  me fui a la playa y nadé. Pensé: si hay que acabar, acabemos de una puta vez. Estaba claro que los movimientos propios de la natación terminarían por abrir el hueco.

Sentí que me volaban los brazos, sin fuerza, como plumas rendidas. Pensé, ya está, por fin se confirma todo. Dejé de nadar y me entregué a merced de la marea, flotando, lleno de paz, contemplando un cielo que tampoco es que me ofreciera gran cosa. Era sólo eso: un trozo de aire azul, inerte y silencioso.

Cuando me dio frío salí del agua, me duché, me sequé y volví a casa, ya casi de noche, convencido de que había sido el último baño de mi vida.

Comí un yogur y me acosté, sereno, conciliados mis fantasmas, despedido para siempre de la vida, de las cosas buenas y de las cosas malas. Ya asomado al borde de los sueños pensé: "¡Coño!, ¡he tenido todo el día para ir a Urgencias!".

Sonó el despertador, como siempre, a las 6 y cuarto de la mañana.